Las manos del Maestro

Pueblo de Isrrael, ¿acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero con el barro? afirma el SEÑOR.  Ustedes, pueblo de isrrael, son en mis manos como el barro en las manos del alfarero. 
Jeremías 18:6

Al ver una estatua como el «David» de Miguel Ángel, quedamos impresionados por el poder creador que trasmite esta obra. Sentimos lo mismo cuando observamos a un alfarero que toma una masa informe de arcilla, la coloca en un torno y, algunos minutos más tarde, obtiene un jarrón de forma elegante. El artista imagina lo que puede crear a partir de la materia que debe trabajar. Tiene una idea de lo que desea obtener. El escultor sabe qué debe quitar, limpiar, pulir, y qué herramientas debe utilizar para llegar al resultado deseado.

En la Biblia Dios se compara, con respecto a su pueblo, a un alfarero que moldea la arcilla para hacer un vaso. Los creyentes son comparados a piedras vivas que Dios trabaja para colocarlos en el lugar adecuado en el edificio espiritual que él está construyendo. Así, cada hijo de Dios es como un bloque de arcilla o de mármol en la mano del divino creador. Mejor que cualquier artista, el Maestro, entre cuyas manos descansa cada creyente, sabe cómo debe trabajar. Cada persona es una pieza única; el divino escultor conoce la naturaleza de cada uno de sus hijos, y emplea el tiempo y los instrumentos necesarios para llevar a cabo su obra.
Creyentes, estemos seguros de que todas las circunstancias por las cuales pasamos están en las manos del Maestro y son necesarias para que nos parezcamos más a Cristo. Así veremos con otros ojos las cosas que nos suceden.
La buena semilla


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